Del tiempo de la muerte: 7 poemas de Edmundo Camargo

Poemas de Del tiempo de la muerte, de Edmundo Camargo. El poeta que introdujo el surrealismo a Bolivia, que fue compa√Īero de colegio de Mario Vargas Llosa, y que falleci√≥ prematuramente, a los 28 a√Īos.

Introducción

Aunque su obra es corta y se reduce a un poemario publicado p√≥stumamente y algunos otros textos, Edmundo Camargo es considerado uno de los poetas m√°s importantes de la historia literaria boliviana. Durante muchos a√Īos su libro Del tiempo de la muerte, publicado en 1967 en la ciudad de Cochabamba y que re√ļne su √ļnica colecci√≥n de poemas, fue un libro para iniciados, hasta que se reedit√≥ en 2002 con otros poemas encontrados.

El compa√Īero surrealista de Vargas Llosa

Compa√Īero de curso de Mario Vargas Llosa en una escuela primaria cochabambina, de adulto se desenvolver√° como profesor de franc√©s despu√©s de radicar durante un tiempo en Espa√Īa y Francia.

En Europa seguramente adquirió conocimiento del surrealismo, a cuyo estilo puede adscribirse su poesía.

Sin embargo es evidente ‚ÄĒcomo se√Īala el cr√≠tico Eduardo Mitre‚ÄĒ el genio po√©tico de Camargo, que hace de √©l, m√°s all√° de cualquier adscripci√≥n literaria, una de las voces m√°s particulares de la poes√≠a boliviana, comparable con las de Jaime S√°enz u Oscar Cerruto.

Literatura preocupada por la muerte

La muerte, como en Jaime S√°enz, es una preocupaci√≥n central de su poes√≠a. Algunos autores vieron en esa preocupaci√≥n la premonici√≥n de su muerte temprana, ocurrida a sus 28 a√Īos debida a afecciones pulmonares.

Hombre

Bajo el ojo demente de la anémona
los muertos se ti√Īen de la corriente roja del oto√Īo.
Cantaron piedras en la voz.
Llave de fierro en la lengua.

El cielo punzó de pronto el costado de las pomas
con un dedo de hierro oliendo el ozono de los palomares.

Tus p√°rpados agudos
fueron las catedrales doradas por la lluvia marginal.
El agua se agregó a los vitrales en ángel inodoro
y todo se pobló rápidamente de caballos y de carrocerías laceradas.
Los ni√Īos encend√≠an su voz como una l√°mpara exang√ľe.
En las noches se balanceaban las l√°mparas de sus voces.

El bosque metió en movimiento su mecánica
donde cada engranaje de hoja
se hincaba entre p√°jaros a√ļn en cris√°lida.

Como extremo las constelaciones
ahorcando campanarios y gallos imantados.

En
un desierto familiar los leones dormían.

Entonces t√ļ volcaste la p√°gina.
Tus ojos se habitaron de horror y grabados de madera.
La antigua Babilonia de hilos telefónicos
traspasada de voces y de trenes desiertos
te vació los tímpanos hasta la alucinación
y su savia reía en tu interior
en arcoíris secos y picoteados por los aviadores teledirigidos.

Pinares

Los antiguos pinares
huelen a cielos sudorosos
a días que ondean
como trigales amarillos.
El viento cuelga su esqueleto
en ellos
posa el sol sus palomares
líquidos.
Acaso sus raíces
han palpado el rostro
de muertos inefables
o reunido los órganos
de una p√°jaro de cal.
Hoy sacian
oscuros corazones
de madera
en incunables de agua
en esos pergaminos
grabados en hueco
con países
donde el viento
tiene barbas de apóstol.
Y coléricos
alteran el aire seco
sacudi√©ndolo en su telara√Īa
desprendiendo
hojarasca de humo disecado.
Recuerdan
que ángeles diluidos de estío
bajaron a vendarles
las llagas
cuando la tierra
desecaba sus rojos leprosarios.

*

Y saben que al tiempo
de las metamorfosis
una voraz primavera
los brotar√° del fondo
de la tierra donde
cad√°veres segregadores
de minerales venenosos
estar√°n esperando
a un dios estremecido
de sangrientas linfas.

Apoteosis del mar

El mar curva sus barrotes de hierro
sobre un p√°jaro muerto
enmohece un oficio corrosivo
la sal las jaulas de mercurio
los días lentos sobre escarabajos voraces.
Sus esqueletos antiguos
suenan en el fondo
arroja a la arena sus cadenas
sus carabelas de niebla
sus agujereados pa√Īos de yodo
echa a la playa redes llenas
de aullidos de metales oliendo a eternidad.
El mar tiene una antigua memoria
bajo espinazos secos de constelaciones.
Al fondo late el día
en una vasta pulsación de flores venenosas
en abejas de aceites duros
espolvorea la siniestra primavera
los estambres marítimos.
Entre mader√°menes
rojos como las carnes de animales malheridos
desovan especies multicolores.
Yacen los barandales oliendo a golondrinas
los hierros gangrenados
yace el casco humeando amapolas
entre medusas y vegetales
poblados de extra√Īo movimiento.
Las herméticas cámaras
encuentran el consuelo de sus viejos cad√°veres
y en proa la campana descarnada
tacha, a veces, aires líquidos
derram√°ndose entre esos dedos peligrosos
del óxido.

Al pie de la isla

Al pie de la isla duerme el ancla
y la anciana cargazón de pólvora.
El hombre lanza al cielo sus m√°quinas
baja sus escalpelos y descubre el cuerpo del arc√°ngel
entre las algas violentas y los esqueletos de tiburón
yace de espaldas es viejo el vino de sus ojos.

Un pescador echa sus redes y espera
su barba se adhiere al aire obstinadamente
s√ļbitamente tiene miedo
esos ojos al fondo del mar lo miran
lo enredan en su radar oscuro.

Canción

Me echaré de cara a la tierra
el cielo est√° habitado
m√°s vale que el √°rbol
disperse mi corazón como una flauta
en fin que el trigo se acenize en mi boca
el cielo est√° habitado.

En mis tibias el aire ulula
el estanque se mueve tras mis pasos
el agua marcha sobre sus patas
la piedra se abre como una oreja
maquinaria bien aceitada
gira sus √°tomos
los p√°jaros no fueron hechos para cantar
gusto su peso en las ramas
sus metales chirriantes
que la lluvia lima y corroe.
La oreja contra la tierra
descubrirá un mediodía de hace diez siglos
el ojo llora ceniza
la miel de un nombre se cuela a las encías
busco un sue√Īo con las manos
bajo un cielo habitado
maduro como la poma a punto de caer
vale m√°s caer de pecho a la tierra
dejar crecer la piedra en los bolsillos
y que una bestia un día
nos endulce los huesos con su lengua
c√°lida como un sol sin movimiento.
El gato duerme bajo el p√°rpado
un enmohecido gallo de veleta.

Archivos

Reto√Īa el agua en una limpia primavera
lavando en fuentes rastros de humo
desenreda
de sus raíces fluctuantes
un amarillo olor a sol.

Han llegado a mirarse temblorosos amantes.

En su fondo
nuevamente suenan los cerezos sus mansas campanillas
las anémonas se curvaron
a vinos de un aire antiguo.
La miel se transfigura en lilas
la poma se derrama en sonidos azules.
Queda el recuerdo permanente
grabado en lo profundo, queda
en archivos de agua, en cartapacios
en pergaminos olorosos
quedan las cosas
dibujadas por el agua para siempre.

Al hojearla
no solamente se leen los planetas.
En sus ra√≠ces m√ļltiples
en sus estanterías de cristal
mírase la historia de las estaciones ajadas
el tr√°nsito de los enjambres solares
las cosas que nuestra infancia reflejó en su fondo.

Un tiempo hundido
suelta su red de pescador entre las cruces.

Léense los campanarios foscos
y los días en los que definitivamente
seremos tan solo im√°genes
en su memoria temblorosa.

Clave de verde en doce campanadas

1

La ciudad se olvida de sus manos
bocinas y frenos atrozmente se encrespan.
Salta la cal en extensiones agudas de sonido.
Los relojes se evaden hacia el norte
salvaje de paredes
y sol frenético de pájaros.
De pronto llega el verde
borroso como un sue√Īo
con sus enormes dedos de agua y de verano,
el verde que acaricia el cr√°neo del bullicio
y es un color fluyendo por ojos por esperas
y por los doce estambres de la rosa del día.

2

El viento sólo escribe palomas en el aire
y estoy como sin fecha despojando
los lunes de silencio.
Mujer en verde pensativo
rec√≥geme en pesta√Īas insomnes como lunas
cuando la noche cierra los párpados del río.
Un día sin anillos
perdido en los espejos de una ciudad de dientes
te esperaré en la lluvia de trigo bullicioso
hasta morir guitarras en la hierba
y devanar mis pómulos en sombra.

3

Escucha:
es el amor que llega con mejillas huyendo
con palabras partidas en su seno.
Desn√ļdate mujer en mi charango
entrégame las cifras profundas de tu sexo
y el beso ser√° estrella feroz de eternidades.

Biografía de Edmundo Camargo

Edmundo Camargo Ferreira (Sucre, 1936 ‚ÄĒ Cochabamba, 1964). Aunque no naci√≥ en Cochabamba, esa ciudad es donde transcurri√≥ la mayor parte de su vida.

Escritor precoz, como testimonian sus poemas publicados en la prensa en su etapa de estudiante de escuela.

No lleg√≥ a ver publicada su √ļnica colecci√≥n de poes√≠a, Del tiempo de la muerte, debido a su temprana muerte. Del tiempo de la muerte re√ļne varios ciclos po√©ticos, su publicaci√≥n fue encargada por el mismo Camargo antes de su muerte al poeta y narrador Jorge Su√°rez.

Recientemente Del tiempo de la muerte volvió a editarse junto a textos desconocidos, esta vez bajo la iniciativa del poeta Eduardo Mitre.

Vida y muerte en Europa

Además de Cochabamba, Camargo vivió también en Madrid y París en la década de los cincuenta.

En París Camargo llegó a cursar algunas materias en la carrera de Filosofía y Letras.

Allá conoció también a Françoise Vervaele, pintora belga con quien se casará, tendrá dos hijos y quien además ilustrará la primera edición Del tiempo de la muerte.

Se suele considerar a Camargo, junto a Gustavo Medinaceli, el introductor del surrealismo en la poesía boliviana.

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